domingo, 21 de febrero de 2010

Las hostias de Lucifer







Preguntas y desafíos generacionales sobre el comer y la estética de nuestro tiempo, a partir del film “La Gran Comilona” (Coproducción ítalo-francesa, dirigida por Marco Ferreri -1973-) 


Hace unas pocas semanas vi “La Gran Comilona” y me pareció uno de los peores aquelarres imaginables para nuestro tiempo. Un ritual diabólico, para aquellos embelezados con el resplandor del arquetipo de cuerpos sanos y bellos, hoy en día hegemónico. ¿Cuántas veces ofrecemos galletitas en el trabajo y nos dicen “No, no, ¿Qué querés, que salga rodando…?” ¿O las mujeres que se pesan todos los días? ¿Y nunca te pasó que cuando salís con alguien, casi no come, como si fuera un pecado,  y un gesto heroico el poder abstenerse?
Hoy la comida aparece como un sacrilegio, aunque inevitable y necesario. Sin comer nos morimos, pero según como lo hagamos, puede hacernos horribles o enfermos. Además, no solo necesario, sino que comer es algo placentero, un gusto de los más preciados y sentidos. Es más; ¿Cuantas culturas tienen en alimentos –el maíz, maná, trigo, arroz- sus elementos más sagrados? El miedo siempre latente frente al comer, puede derivar en obsesiones y conductas lacerantes. No solo por la bulimia y anorexia –las mas conocidas- sino por otras, tales la vigorexia (obsesión por un cuerpo fibroso) o la ortorexia (excesiva preocupación por la calidad de los alimentos); y a todo esto no olvidamos la obesidad y -fundamentalmente- la pavorosa hambruna a nivel planetario.
El comer en su ambigüedad -necesario pero peligroso, aunque también placentero- es algo a pensar urgente por la angustia y sufrimientos que provoca en nuestra época. La gran comilona como fiesta donde la comida aparece como la gran vedette, nos sirve como reverso de todo lo que vemos cotidianamente. La percepción de la comida como problema, por más que sea generalizado, habita más en las mujeres que en nosotros los hombres. El ideal de poseer una buena figura, en parte, se embebe de un patrón estético deseado por nosotros.  Mas allá de que se busque que esa figura sea consagrada o no al hombre, es la imagen a alcanzar, que brinda prestigio y satisfacción. Pero el reconocimiento masculino juega un rol insoslayable. Hago esta aclaración no desde una culpa, sino para marcar la cancha y mostrar el lugar de quien enuncia. Y que cualquier reflexión e intervención debe tener en cuenta el lugar que cada uno tiene en este dispositivo.

1. La gran comilona es la congregación de un grupo de amigos en una casona en una ciudad extranjera. ¿El plan? Comer, comer y comer. Ceremonia que realizan periódicamente –una vez por mes- pero en este caso será distinto: deglutir delicias hasta no aguantar más y perecer; morir gozando. ¿El motivo? Pareciera ser una vida aburrida, rutinaria, sin expectativas ni aventuras. Miembros de una burguesía sin encanto por la existencia, se toman un recreo donde disfrutar de lo que mas le gusta: comer. Pero también asoman otros placeres, como la música, las mujeres y los automóviles,  completando un collar de goces, donde el comer es siempre la perla más preciada.
En el frenesí de los días festivos se borronean los perímetros temporales; Cronos se embriaga, y como en el cuadro, los relojes de derriten. El tiempo del trabajo implosiona y los nuevos compases los marcan el tener o no tener ganas de comer. Pero este vértigo se desprende de una clara organización: división de tareas, conocimientos, roles y pautas de comportamiento. El cocinero que confecciona monumentales platos para degustar; el sistema de proveedores que arriban a la casa para entregar insumos para preparar las comidas; hasta el personaje que conoce la calle y va en busca de prostitutas.
La gran comilona es un ritual libre. Aquel que ingresó se puede ir. Nadie es retenido por la fuerza. A su vez, no siempre hay unidad de criterio y surgen entreveros, en casos tales como si es pertinente o no la invitación de mujeres, o hasta dudar y llegar a defenestrar el sentido de haberse encerrado allí para comer y reventar.
Apropiándonos de Bataille, podemos decir que para los cuatro comensales (Philip, Hugo, Marcelino y Michelle) la comida es algo así como un objeto erótico. La comida como aquello que despierta importantes grados de placer promoviendo una festividad donde los contornos de lo cotidiano se borronean y se entablan nuevas fronteras. Encontramos en el gozo por el comer, la apertura de un proceso mas profundo que tiene que ver con la alegría y sentimiento de plenitud que se vive en el jugar carnavalesco. La comida ocupa ese lugar por su belleza y esfuerzo de seducirnos (actitud femenina). La estética de la comida no solo por su aspecto, sino por su aroma, tacto y fundamentalmente, gusto. La comida despertando un gran frenesí y vértigo festivo, trastoca el principio de individualidad. Se transgrede el todo los días del trabajo, las relaciones familiares y el andar por la gran ciudad (Un claro ejemplo en el film, es cuando todos los hombres comparten para dormir la misma cama con la misma mujer). Se despierta un enorme caudal de energía a lo largo de los días. La plétora es esta acumulación de energía en los cuerpos previa a su explosión fruto del la festividad erótica; y estos cuerpos que desbordan energía, se van gastando, erosionando y por algún lado explotan…  Estos cuerpos que encerrados, comiendo y comiendo, son otros, también siguen siendo los mismos de siempre. Sus cuerpos no pueden tolerar el vértigo de la comilona y sus organismos empiezan a descarrilar. Poco a poco, los comensales empiezan a perecer. Las prostitutas previendo este panorama, se van poco menos que espantadas. Tildan de locos y enfermos a los comensales. ¿Pero podemos llamarlos hombres irracionales? Justamente, una de las cosas que más horror genera, es apreciar que detrás de un desenfreno, hay mensurabilidad, cálculo. Ilustrativo se muestra el final de la película, donde en medio de la agonía y del último respiro del único sobreviviente que había quedado en la casa, está llegando un pedido, una nueva carga de comida, señalando como detrás de “la locura” hay “sistema”.
Pero hay una mujer para la cual no es algo inconcebible lo que se vive en esa casa, sino algo agradable y divertido. La maestra –arquetipo de lo racional y mesurable- forma parte de la festividad ocupando un rol clave. No solo es un objeto erótico mas por ser mujer sino por su amor a la comida y el degustar. Para la época misma de la película, ya su cuerpo se encuentra en detrimento de las prostitutas; pero comparte el placer de la comida con los cuatro hombres como ninguna... De ahí que su estética y actitud femenina, provengan de un cuerpo rellenito, cachetona, con panza y piernas gorditas. Una escena paradigmática es cuando se desnuda de la parte de abajo y se sienta en un gran pastel, y empieza a jugar con pedazos de torta por el cuerpo; el cocinero embriagado de alegría le hace cosquillas en los glúteos y vemos como estos bambolean enérgicamente. Empero, Andrea no solo devora los diversos platos, sino que también incita a seguir comiendo cuando los cuerpos empiezan a desmadrarse. No solo ocupa el lugar de objeto erótico, sino casi de chaman, en tanto acompañante de los comensales para poder seguir con su ritual alegre. La experimentación con el comer y comer empieza a torcer lo que esos cuerpos pueden. Aparecen los retorcijones, diarreas, dolores en el estomago y problemas varios. La atmósfera se tiñe de un aire lúgubre, y la maestra será una guía y paliativo frente a este clima oscuro; no solo incitando, sino con cariño y hasta ternura, cuando emergen las previsibles consecuencias…

2. ¿Una mujer que resulta atractiva por que es gordita? ¿Una mujer que incita al comer y comer? ¿Cómo será visto hoy esta maestra, por especialistas médicos, representantes de modelos, nosotros los hombres, pero fundamentalmente, la mayoría de las mujeres que conocemos? Provoca sensaciones intensas y fuertemente ambiguas: risa, asco, horror; acciones espirituales que emana de la percepción de una situación absurda, inaudita, siniestra y por momentos insoportable. ¿Pero por que? ¿Cuál es el motivo para que asome lo absurdo pero también lo monstruoso en esa carita candorosa, de cachetes colorados, que simplemente sonríe cuando come y come? Puedo ensayar una respuesta: blasfema el ideal estético anhelado hoy día. Muchas festividades y carnavales han sido percibidos históricamente como lo ominoso, al transgredir e invertir normativas sociales. La inmanencia misma de la metamorfosis de lo cotidiano lo provoca. Pero no es menor los catalizadores que la desencadenan, sean sus objetos-talismanes, símbolos y enunciados. La gran comilona toma un elemento como la comida, brindando placer y orgullo, cuando hoy día es algo profanador del áurea soñada. Un mismo objeto puede portar diversas imágenes, según quien la perciba. Si para el film la maestra goza con el comer, para muchas mujeres de nuestro tiempo –y también hombres- la comida reluce en la película con un fulgor demoníaco. Si en el medioevo se celebraba culto al anticristo alrededor de un crucifijo invertido, pensemos hoy un afiche callejero de Araceli González, en plena avenida Corrientes, donde aparece obesa, con celulitis y estrías, devorando un enorme alfajor de chocolate chorreando dulce de leche, y un aren de hombres alrededor deseándola y comiéndosela con la mirada…
Pero al mismo tiempo ¿La maestra de la peli no hace algo que todas quisieran hacer, comer sin culpas? ¿No es algo deseado la comida? ¿No es rechazado el carnaval luciferino de la gran comilona por que juega con una tentación permanente, que provoca innumerables esfuerzos de rechazo? La gran comilona espanta como fiesta negra, pero por que es provocada por el uso y apropiación de un objeto erótico para ellos como es la comida, siendo hoy ese uso algo herético de la promesa social de reconocimiento hegemónico, como es un cuerpo flaco y sano. Bien arriba, dije que la comida es hoy algo ambivalente: por un lado es necesario y a su vez placentero, pero al unísono es observado como algo dañino. De esta ambivalencia nace el asco por una mujer como la maestra: no solo por lo caótico y desenfrenado de una fiesta, donde al experimentar con el cuerpo de una forma extravagante, siempre emergerán dolores y sufrimientos. Pero el estremecimiento para los ojos contemporáneos, el refusilo lacerante que brota de Andrea, es oriundo del uso de algo como la comida que hoy día es, por un lado deseado, pero al mismo tiempo fuertemente rechazado. En medio de los esfuerzos por reprimirse, la culpa que emana de actos pecaminosos como una cucharada de más o una porción de algo muy cargado en calorías, aparece una godita, feliz y muy jocosa, siendo el centro de la atracción y gozando de un prestigio hoy anhelado, en medio de un torbellino de descontrol y muerte.   

3. La obsesión por la comida puede provocar conductas y trastornos dañinos. Pensemos en la bulimia. Ritual donde se come para expulsar. Toda una gama de conocimientos, organización y pautas de comportamiento; un experimentar con el cuerpo: aprender como incitar el vomito, que cosas se deben comer, o que tipos de medicamentos consumir para regular el metabolismo digestivo. Una ambivalencia entre el placer de comer y saber que expulsándolo no afecta la fisonomía, pero una culpa por la falta infligida. Con el correr del tiempo, esta gimnasia empieza a provocar trastornos y deterioros orgánicos. Empieza un vertiginoso espiral donde este experimentar subordina todo otra cosa que se haga. El primer placer se marchita y empieza una desesperación por una vida que se va escurriendo.
¿Que diferencia hay entre esta posibilidad de un existir que se apaga en la gran comilona -peli italiana de principios de los setenta-, con una patología social como la bulimia? Si nos impacto tanto la gran comilona fue por ser el reverso de nuestro tiempo en muchos sentidos. La gran comilona es una fiesta donde el comer es la manera de finalizar un vivir marcado por el ascetismo y lo gris de una sociedad marcada por el recato. La bulimia puede terminar de la misma manera, pero por una búsqueda de una estética hoy dictada por los mandatos de la cultura posmoderna. El primero es algo que busca escapar de su vida y su tiempo; el otro un esfuerzo hercúleo para entrar y ser aceptado en el mismo. Podemos decir que la gran comilona termina con una vida tediosa, reactiva y venenosa, desde una valoración de la vida distinta de ese existir. Perdón ¿Como decís? ¿Que por que no siguieron viviendo, pero intentando crear un ámbito donde puedan plasmar un existir donde explote el regocijo? Puede ser, pero no somos nadie para decir que se debió haber hecho... A su vez, la bulimia como algo que desde los valores dados, se busca alcanzar aunque requiera dolores y pesares desde esos mismos valores. Podemos decir que es reactivo, pero no podemos decir mucho ni caer en sermones de especialistas. No podemos apelar a manuales de buena conducta.
Pero si es necesario hacernos preguntas, plantear interrogantes y disparar algún desafió. No podemos dejar de pensar que placeres, goces, creencias y sufrimientos circulan por nosotros; ¿Que maneras y formas de experimentar la vida estamos dispuestos a aceptar? Conozco mucha gente con inconvenientes de este tipo –seguro que vos también- y lo que prima es: la falta de respuestas para dar, que hacer, a quien recurrir, y la soledad frente a lo ocurrido. Una situación bastante similar en la que nos encontramos en muchísimas circunstancias de nuestra vida; miedos, incertidumbre, desesperación, vacío. Como un monstruo mitológico que nos atrapó en sus fauces, nos mastica, pero no nos termina de escupir ni de tragar… A esa fiera la podemos bautizar angustia. No sabemos bien que pasa, estamos confundidos, nos carcome la impotencia. Nos gana el bajón y desaparece la iniciativa. Nos dejamos estar. Si, todo esto es cierto; pero también puede ser una oportunidad. Como decía Kierkegaard, la angustia es algo oprimente, pero que al mismo tiempo abre diversos posibles. Llegado un punto sabemos que así no podemos más y nos empezamos a hacer preguntas y se desnaturaliza lo dado. Alborea una nueva libertad. Tocamos fondo y decimos “Así no va más”, “Basta”, “Se terminó”. Pero si como respuesta y nuevo andar nos intercepta la culpa, y privatizamos lo que nos afecta y nos sentenciamos como los únicos responsables de ello, estamos igual de pedidos. ¿Realmente nos vamos a creer que somos una generación que nació con un game over sellado en la frente? No puede aparecer la misma sociedad opresora dando sus medicinas y bálsamos para las mismas heridas que nos abre…  Hay otras formas de vivir y estar en el mundo, acorde a lo que nos gusta y nos hace sentir bien. Ahí aparece la fe como fuerza transformadora de que podemos ser otra cosa. Creer en otros posibles, y con un esfuerzo titánico no caer en la tentación de la culpa: que solo podemos ser lo que somos, y si somos infelices, nosotros mismos somos su explicación. Pero ¿Qué cosa deseamos ser? ¿Cuáles son esos posibles? ¿Cómo no caer en la culpa? No puedo responder eso solo, y menos todavía es solo cuestión de voluntad. Pero haber visto esta película, haber imaginado ideas, hacernos preguntas, empezar a salir del encierro, la vergüenza, y los miedos, ya es importante. Pero de algo podemos estar seguros: que muchas de esas respuestas podremos leerlas en las marcas que nos imprime la época en nuestros cuerpos. Muchas de estas preguntas generales, de afecciones comunes, nos impondrá un esfuerzo de lectura propio  y hacer compartido. Algo que no parte solo de la voluntad, sino de los recursos que más tenemos a mano; y paradójicamente, alguien que supo experimentar, tomar su cuerpo en sus manos y remoldear algo como el funcionamiento de un aparato digestivo, porta una sabiduría nada despreciable. Se trata de otros valores, otras relaciones, nuevos deseos y la creencia y la fe en nosotros mismos de que tenemos derecho a existir y ser otra cosa. ¿No estamos cansados de comentarios tales como “Che, estás más panzón”; “No, hoy no, estoy haciendo dieta”; “Que boluda, no dejés el gimnasio”; “Ja, ja, ya tenés canas…”? Pregunto: ¿Solo somos una imagen?
La gran comilona como reverso de lo actual, es justamente la transgresión profana que toda imagen sagrada necesita para ser puesta en duda, y demostrar una vez más que en el fondo todo es una apariencia, y que lo real desborda y consume en su ardor cualquier representación de lo dado.

                                                                            By Andrés.


Textos utilizados:

“El Erotismo”, de Georges Bataille.
“El Concepto de la Angustia”, de Soren Kierkegaard.

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